Pequeñas mentiras y otras historias de Navidad

viernes, 22 de diciembre de 2017

A veces digo mentiras. Lo confieso. No son grandes ni graves. Son pequeñas mentiras que me ayudan a hacer feliz a la gente. A veces, una pequeña mentirijilla puede resultar de lo más efectiva. A mi me funciona. No me gusta la gente de 'yo es que soy súper sincera', y ya con eso dice siempre todo lo que le parece. Si alguien va un día a la peluquería y se hace un cambio de look radical y pregunta '¿me queda bien?', esa persona súper sincera responde 'estás feísima, te queda fatal'. ¿Es necesario? Al final, creo que somos muy sinceros con muchas cosas que son absolutamente subjetivas. Os diré algo. Esa persona está deseando que le digas, 'estás guapísima, me encanta'. Y ella feliz y yo más. ¿Que iré al infierno? Pues correré el riesgo entonces. Nadie me ha contado todavía que en el infierno se esté mal.

Hace unos días, una de mis mejores amigas, a la que quiero con todo el corazón, recibió lo que parecía una muy mala noticia. Ella lo tomó así y se le cayó el mundo encima. Así que le dije una mentira. Le dije 'mira, que yo conozco a alguien que le ha pasado lo mismo y al final no fue nada; que eso es normal; que pasa mucho y luego desaparece; de verdad te lo digo, hazme caso'. Y se tranquilizó (un poco) y al final, resultó que no era nada. ¿Y si hubiera sido? Pues entonces ya nos hubiéramos preocupado, hubiéramos llorado y lo que hubiera hecho falta. Pero así ganamos algo de tranquilidad; ganamos unas gotas de esperanza. Os puedo asegurar que me he medido la nariz y no me ha crecido.

Y así empieza mi pequeña reflexión de esta Navidad. Esa época que odio y (a veces) quiero a partes iguales. Ya sabéis que no son días bonitos para mí. Principalmente porque perdí a mi padre muy joven en esta época. Pero además, y los que me conocéis lo sabéis, no entiendo ni entenderé nunca que en Navidad haya que hacer cosas que no se hacen durante el resto del año. No hay que comprar regalos porque sí, obligatoriamente porque es Navidad. Está genial hacer regalos, en Navidad. Y también en cualquier momento. Está genial ir a comer a casa de alguien si te apetece, en Navidad. Y si te apetece en Navidad, también debería apetecerte los 360 días restantes. Yo es que lo de 'una vez al año no hace daño', en este caso, no lo llevo bien. Uno tiene que hacer lo que sienta y con quien lo sienta todo el tiempo. No sólo porque es Navidad y es lo que toca. Lo sé, soy un poco Grinch.

El otro día salí a la terraza de madrugada. Debían ser las las 03.00h. y yo todavía trabajaba (sí, la maravillosa vida del freelance). Esa noche hacía frío. Mucho. Y me dio por pensar en esas personas que veo a veces durmiendo en la calle. Y yo tengo una casa, que no será la más grande, ni la más bonita, ni tendrá un árbol de Navidad y una decoración navideña espectacular de las que ves por ahí, en las redes sociales, en las revistas, en la televisión. Pero es mi casa, con mi techo, mis cuatro paredes, con mi calefacción, con mi cama (¿y qué que no sea XXL?), mi edredón calentito... Y en aquel momento, recuerdo que me reprendí a mí misma (sí, yo hablo conmigo, hablo sola) por esos momentos, pocos, en los que me quejo porque ya no me cabe la ropa en el armario y no tengo un súper vestidor. No soporto a la gente que se queja continuamente, de todo, por todo, como si a nadie más le pasaran cosas. Siempre, siempre, siempre hay alguien que está peor, incluso mucho peor. La vida es aquello que pasa entre queja y queja. Así que yo decidí hace ya un tiempo quejarme menos y vivir más. A veces es difícil, pero si te empeñas, lo consigues.

Hace ya un tiempo que no tengo regalos por Navidad. No hay regalos bajo el árbol (este año ni tengo) la mañana del 25. No necesito nada. Nadie necesita nada, en verdad; nada material. Yo prefiero otras cosas. Prefiero una copa de vino, una charla, una palabra amable... y una cafetera cuando se me rompe la que tenía. Los electrodomésticos no conocen a Papá Noel y les da por romperse en mayo, y yo, yo no vivo sin café siete meses ;-)

Pero hay quién sí necesita regalos en Navidad, y en cualquier época del año. Tampoco tiene que ser nada muy grande, ni muy caro. Sólo un pequeño detalle que venga acompañado de mucho cariño, mucha comprensión, mucha buena voluntad. A veces es sólo poner atención, darse cuenta de las llamadas de socorro. A veces sólo basta con un beso, un beso y una piruleta de esas de corazón. Que sí, que el azúcar es malo, pero a veces ayuda.

Os quiero enseñar estas fotos que hicimos en el estudio de mi amiga Agus Albiol, donde jugamos, nos tiramos al suelo, nos manchamos, nos reímos, nos tiramos nieve de mentira... y nos queremos. Así que hoy, quiero haceros mi particular regalo de Navidad (o de cualquier día del año): mentid más y quejaros menos.

Feliz Verdadera Navidad.

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